Ambición o suicidio

En esta selva existe una ley no escrita que estipula que todo se puede conseguir con un el arma más poderosa: la ambición. Se considera casi como una religión, pues es parte de la raíz del sistema que nos sostiene y se recurre a ella en momentos de desilusión. Según esta ley, no importa lo que te lleves por delante; si el trofeo está en la cima, estás obligado a escalar. Hace años, el nido de pájaros que invadía mi cabeza se alimentaba de ideas imposibles. Rompería techos, metas y llegaría a lo más a alto. La ley de la ambición había calado el alma de una niña de doce años. Cazaría meteoritos con la mano si hacía falta porque una energía imparable se había apoderado de mi cuerpo.

De repente, he despertado y hace frío. Se oyen gritos ahogados por bozales y se palpa el ambiente humedecido por el desorden y la destrucción. Ya no hay paz en esta selva; tampoco sé si alguna vez la hubo. Hermanos de sangre enfrentados, separados por una tela manchada de dolor y unos cuchillos clavados en el nombre de unas monedas sin valor. Se ha implantado una nueva ley que está por encima de todo, se llama: sálvese quien pueda. Voy de rama en rama, pero los árboles se tambalean. Ya nadie se mantiene firme en este caos.
Los perros no paran de ladrar, el terremoto ha llegado y va a arrasar con todo. Me pregunto quién me salvará del epicentro de esta ruina. Le rezo a la ambición, confío en que ella vendrá. Sin embargo, solo obtengo la mirada de unos ojos ajenos que con desdén me rodean, mucha palabrería barata en la prensa y todos mis sueños muertos en una cuneta. Es hora de acallar a las fieras, he despertado y ya no me dormirán. Muertos mis sueños; muerta la ambición.

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